Alegrías y llantos
José E. Cima
Javier Moreno se abrazó a cada uno de sus compañeros del Caja Rural agradeciendo el trabajo que le hicieron en la Vuelta y en esta última etapa donde el «abuelo» Iñigo Cuesta, de 41 años, fue el «cerebro en carrera dirigiendo las maniobras de controlar los ataques y las fugas. Moreno lleva ya cinco participaciones en la ronda asturiana y le quedaron grabadas porque en la primera abandonó en la última etapa, hace dos años acabó tercero y ahora que está enamorado de esta carrera asturiana logró subirse a lo más alto del podio.
En la etapa reina del Acebo fue cuando supo aguantar mejor el frío, la lluvia y los ataques de los rivales para contraatacar en los últimos 400 metros, ganar la etapa y dar el paso de gigante hacia el triunfo final. Tuvo encima a su lado al bloque más fuerte y ayer cuando sabía que le tocaba defenderse en persona también supo hacerlo bien ante Tino Zaballa.
La realidad es que Moreno tuvo signos de templar bien los nervios ante un experimentado cántabro que nunca se rinde. Pero también es cierto que teniendo al lado a Herrada, que hizo de gregario a la perfección como si fuera un «motorista» que aceleraba o aflojaba según interesara al líder, todo se le ponía en bandeja. Hasta el punto de que Zaballa se dio cuenta de la fortaleza de Moreno y de Herrada y prefirió, ya muy al final, contentarse con la victoria de etapa porque veía a un líder elegante que con llevarse la Vuelta ya estaba satisfecho. Y por eso en los últimos 100 metros, Moreno no le quiso disputar la victoria del Naranco como hacen los grandes campeones al estilo de Miguel Indurain con sus adversarios.
Pero todo tiene su contrapartida porque Tino Zaballa le deberá un favor a Javier Moreno y eso en ciclismo se paga más tarde o más temprano. Claro que este entendimiento entre los dos primeros en los últimos 300 metros del Naranco lo pagó caro Wegelius, que ya tenía la pancarta de meta a un palmo y de repente se vio superado por los dos primeros de la general. El disgusto del británico fue tremendo y en los alrededores del podio veía con amargura como Zaballa celebraba el triunfo de etapa. Wegelius rompió a llorar y todos los compañeros le fueron a consolar. Pero nadie le quitaba esa pena.
