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Mendo después de Mendo
Cada edición de la Vuelta Ciclista a Asturias es diferente. Pero nadie podía esperar que la de 2008 llegara a serlo tanto. La ausencia de Julio Alvarez Mendo la marca de modo irremediable. No otra cosa se puede decir cuando va a faltar no sólo la figura histórica del creador sino también la presencia activa de un organizador capaz de impregnar con su fuerte personalidad todos los aspectos de la prueba. Primero, los que solo se ven en sus consecuencias: las negociaciones para definir los itinerarios, conseguir la financiación, garantizar la trascendencia mediática, conseguir los patrocinios, comprometer los alojamientos, contratar los equipos. También, para movilizar el impresionante equipo humano que, por amor al ciclismo y devoción a la amistad, es capaz de mover sin fallos el complejo engranaje de una competición abierta a todos los riesgos y, pese a ello, segura como pocas, tal como prueba la magra estadística de accidentes. Ese equipo había sufrido este años una baja especialmente sensible, la del Emilio "El Comandante", responsable de la organización de las metas. Todos lo echaremos muchísimo de menos, pero sin duda su sucesor estará a su altura, porque habrá heredado su equipo y el saber hacer que perfeccionó con la experiencia. Luego están los aspectos que se ven. Mendo era en durante el desarrollo de la Vuelta una referencia fundamental, aunque a lo largo de los años fue modulando la intensidad de sus apariciones. De la figura omnipresente de las primeras ediciones, había ido pasando a unas apariciones más selectivas, pero no por ello menos eficaces. Era el Mendo del jersey sobre los hombros, el hombre tranquilo, que, con la seguridad de que lo principal de su trabajo ya estaba hecho y bien hecho, se hacía presente de forma intermitente a lo largo del recorrido, siempre dispuesto a captar lo esencial y preparado para intervenir si las circunstancias lo requirieran. Por ejemplo, para solucionar los imprevistos ue pudieran producirse en torno a la carrera, para lo que aportaba su rapidez de reflejos y, si se trataba de conflictos, su capacidad negociadora y su habilidad innanta para rebajar tensiones. Nunca faltaba en el momento del protocolo. Una carrera ciclista se parece tanto a una botella de champagne que lo más natural del mundo es que a los triiunfadores se les entregue una como símbolo de su victoria. El desarrollo de la etapa agita furiosamente el contenido de la botella, pero cuando ésta se abre, la efervescencia dura sólo un instante. El protocolo es efímero y hay que saber manejarlo para que sea eficaz, manteniendo al máximo su intensidad para que el público no deserte. Mendo era en eso un maestro. Era una experiencia impagable verlo moverse mientras los corredores acudían a recoger los trofeos o ponerse los maillots, ya fuera en el escenario o entre bastidores, pendiente de todos los detalles, avivando el ritmo, improvisando para solucionar los eventuales fallos, gozando, en fin, de la culminación del espectáculo. Ese espectáculo va a continuar, aunque él no esté. Deja una herencia y deja herederos. Su inteligencia, su carácter, su simpatía, a través de la sangre, están dispuestos a tomar el relevo. ¿Por qué no pensar que habrá Mendo después de Mendo? Melchor Fernández Díaz
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